31 ene. 2017

Uno, dos, tres...

¡Buenos días!
Sé que hoy en teoría tocaría una entrada literaria, una reseña o algo sobre libros pero, esta semana ha empezado rara, gris y con mil cosas acumuladas en mi agenda. En este tipo de días o semanas me es más difícil escribir una opinión objetiva sobre los libros, ya que no me concentro, bien porque mi mente prefiere quedarse en blanco o, por el contrario, porque prefiere divagar y dejarse llevar por las alas de la imaginación.

Es por eso que, ahora que tengo la oportunidad de ofreceros dos tipos de contenido algo diferentes, he decidido cambiar esta semana el orden de publicación y hoy os encontraréis otro pedacito de mi plasmado en un trozo de papel o, en este caso, en vuestras pantallas del ordenador, móvil o tablet.

Antes de dejaros con el post y dado que este blog lo leen muchos de mis conocidos, he de hacer una pequeña aclaración que para ellos significará mucho y quizá, para los que me conocéis menos o sólamente me conozcáis del blog no entenderéis mucho el por qué de esta explicación. He de aclarar que todo lo que sean relatos, es pura ficción y que de hecho, la mayoría de los que vaya publicando llevan ya un tiempo escritos en mi pequeño cuaderno de Audrey Hepburn. Así que no os asustéis, el último post no indica ni que esté enfadada con los hombres, ni que me vaya a volver la reina de las nieves ni nada por el estilo. Es algo que me inspiró una frase que dijo alguien de mi círculo una vez y que me hizo pensar, llegué a casa, me puse a escribir y salió el post del pasado domingo.

Dicho esto, os dejo con el post de hoy! Espero que lo disfrutéis.

Venecia, 3 años atrás.
La oscura noche adornada de largos vestidos y trajes de etiqueta pronto había llegado a su fin. Aún podía escucharse el lejano murmullo de todos los invitados riendo a carcajadas, el entrechocar de las copas con nuevos brindis con o sin sentido, pero para ellos todos aquellos sonidos estridentes no eran más que lejanos murmullos. Para ellos la velada había finalizado en el instante mismo en que sus miradas se cruzaron colisionando como un mar embravecido contra el acantilado. Hacía meses que no se veían pues huían el uno del otro, temiendo que tras aquel primer encuentro más íntimo, no volvieran a ser los mismos amigos que durante años habían charlado y reído sin tapujos durante horas y horas.

Un paso, dos, tres... Cada vez más cerca el uno del otro, cada vez más cerca de ese inevitable momento que les haría enfrentarse a esa realidad de la que llevaban tantas semanas huyendo. Una reverencia, y una simple sonrisa traviesa fue la señal que ambos necesitaron para huir de ahí, del hastío de toda aquella gente y volver a ser los que siempre habían sido. La complicidad de tantos años de conocerse fue la batuta que guió sus manos y sus actos y las risas tímidas que ellos se profesaban la melodía de aquella peculiar escena. Las manos de ella aún temblaban ligeramente cuando de quitarle la ropa se trataba; los dedos de él, por el contrario, se hundían sin piedad entre los oscuros cabellos de ella, para calmarla pero, también con sus tirones,  incitarla a ser más libre, a liberarse de todos los complejos que rondaban su mente.

Un beso, dos, tres... Cada vez más rápidos, más urgentes, más intensos, pues la noche avanzaba inevitablemente y con el alba se desharía el hechizo que ahora les hacía arrancarse la ropa. Una risa cómplice, dos caricias veladas y tres besos que parecieron alargarse hasta el alba, fue cuanto ellos necesitaron para perder el miedo a mirarse a los ojos. No sabían qué era aquello, o a qué les conduciría, pero fuera lo que fuera, ellos dos nunca dejarían de ser esos dos niños que aprendieron a crecer juntos y que, ahora que eran adultos, debían aprender a enfrentar sus sentimientos y no huir de ellos.
Uno, dos, tres... las veces que contaron interiormente antes de lanzarse al vacío, de arriesgarlo todo aún pudiendo quedar sin nada.

Uno, dos, tres...

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